Un cuento del bosque oscuro donde el peligro acecha entre dulces y sombras
Junto a un gran bosque vivía un pobre leñador con su mujer y sus dos hijos. El niño se llamaba Hänsel y la niña Gretel.
Tenían muy poco que comer, y cuando llegó una gran hambruna al país, el leñador ya no pudo ni siquiera procurarse el pan de cada día.
Una noche, mientras daba vueltas en la cama, atormentado por las preocupaciones, suspiró y dijo a su mujer:
«¿Qué va a ser de nosotros? ¿Cómo vamos a alimentar a nuestros pobres hijos, cuando nosotros mismos no tenemos nada?»
— El Leñador
La madrastra había escuchado todo. Con voz fría como el hielo, susurró en la oscuridad:
«Escucha, marido. Mañana, muy temprano, llevaremos a los niños al lugar más espeso del bosque. Les encenderemos un fuego y les daremos un pedacito de pan. Luego nos iremos y... los dejaremos allí solos.»
— La Madrastra
Los dos niños, que tampoco habían podido dormir del hambre, escucharon lo que la madrastra decía. Gretel se echó a llorar amargamente.
Hänsel se deslizó fuera de la cama y recogió piedrecitas blancas que brillaban a la luz de la luna.
«No te preocupes, Gretel. Yo encontraré la manera de salvarnos.»
— Hänsel
La primera vez, Hänsel dejó caer piedrecitas blancas que brillaron a la luz de la luna y los guiaron de vuelta.
La madrastra se enfureció. La siguiente vez cerró la puerta con llave. Hänsel solo tenía un trozo de pan que desmigajó por el camino. Pero los pájaros devoraron todas las migas.
Al tercer día de caminar, se adentraron cada vez más en el bosque. Los árboles se cerraban sobre ellos como garras oscuras.
Al mediodía vieron un hermoso pájaro blanco como la nieve. Cantaba tan dulcemente que lo siguieron hasta que llegaron a una casita.
La casita estaba hecha de pan, cubierta de bizcocho y las ventanas eran de azúcar transparente.
«¡Mira, Gretel! ¡Las paredes son de mazapán y el tejado de chocolate!»
— Hänsel
Hänsel arrancó un pedacito del tejado y Gretel empezó a mordisquear los cristales. Entonces una voz salió del interior:
«Roe que roe, ratoncito... ¿quién me roe la casita?»
— La Bruja
La puerta se abrió de golpe y una mujer vieja como las piedras salió arrastrándose.
«¡Oh, queridos niños! Entrad y quedaos conmigo. No os pasará nada malo.»
— La Bruja
Era una bruja malvada. Encerró a Hänsel en una jaula y obligó a Gretel a cocinar para engordarlo. Cada mañana la bruja se acercaba:
«Hänsel, saca el dedo, que quiero ver si estás gordo.»
— La Bruja
Hänsel sacaba un huesecito de pollo y la bruja, que veía muy mal, se extrañaba de que no engordara.
Pasaron cuatro semanas de agonía.
«¡Gretel! Gordo o flaco, mañana mataré a Hänsel y lo cocinaré.»
— La Bruja
La bruja le dijo que se asomara al horno para ver si estaba bastante caliente. Pero Gretel comprendió lo que pretendía.
«No sé cómo hacerlo. ¿Cómo entro ahí?»
— Gretel
La bruja se inclinó y metió la cabeza en el horno. En ese momento, Gretel la empujó con todas sus fuerzas, cerró la puerta de hierro y echó el cerrojo.
La bruja aulló espantosamente, pero Gretel se alejó corriendo.
«¡Hänsel, estamos salvados! ¡La vieja bruja ha muerto!»
— Gretel
Hänsel y Gretel encontraron cofres llenos de perlas y piedras preciosas. Se llenaron los bolsillos y emprendieron el camino de regreso.
Tras largas horas, el bosque les fue cada vez más familiar, y al fin divisaron la casa de su padre.
Echaron a correr y se colgaron de su cuello. El hombre no había tenido una sola hora de alegría desde que los abandonó en el bosque. La madrastra había muerto.
Gretel vació su delantal y las perlas saltaron por toda la habitación.
Se acabaron todas las preocupaciones y vivieron juntos, felices y contentos.
Los niños valientes que se cuidan el uno al otro pueden vencer incluso a los monstruos más terribles.